"Valor es apretar los dientes."
HAGAKURE.

Nómadas del Viento, solo somos nómadas llevados por las corrientes del destino que nosotros elegimos.
Vuela alto, pájaro del desierto, con el viento a tu favor.
Porque si tú lo llamas, el viento vendrá.

viernes, 13 de mayo de 2011

Always lost in the Sea.

Era la virgen ensalzada por devoción en aquel pueblo de marineros.
Llegada una noche más de negra tormenta;
aparecida en el Acantilado Mayor de la Iglesia.
Por doscientos años fue virgen patrona
pero todo cambió a partir de la triste desgracia.

Diez marineros perecieron, perdidos en el mar.
En un día tranquilo, calmo como respiración de niño que duerme,
de cielo azul brillante y despejado horizonte,
de fructíferas pesca, de cuarto menguante;
los tranquilos barcos pacían en alta mar.

Ni los más viejos lobos de mar venir vieron la ola.
Ni los más veteranos pescadores.
Ni los más conocedores del mar.

Y la ola se alzó, sin compasión.
Sin venir de ninguna parte,
pero hallándose a la vez en todo lugar,
fría, mortífera, aterradora.
Como castigo divino que se cierne sobre el cuello de un pecador.
Como maldición recién pronunciada, fresca su tinta.

Muchos heridos, algunos muertos.
Demasiados corazones escarmentados.
La virgen quedó en el altar,
mas la semilla de la desconfianza ya había nacido.

La virgen mira triste desde el sencillo ábside,
los días tiene contados y lo sabe.
Las ancianas sin niños ya no le rezan con fervor;
sus plegarias van directas a Dios.
Los viejos lobos de mar callan,
con miradas duras, caladas a sus pipas dan.
Tabaco, humo, bares y alcohol, últimos consuelos
que les ahogan más y ellos lo saben.
Las mozas no sonríen, ni cantan, ni juegan.
Miran al mar, buscan a los perdidos que siempre amarán.
La catástrofe se ha abatido, impenetrable.
Inexpresiva, inmutable.

Tan solo algunos meses después, llega la nueva reina.
La nueva madre de Reyes.
Figura nueva será abandonada por la vieja desprestigiada.
De ojos y cara dulce, blanca piel y humilde vestido de redes.

Y una noche, el cura a oscuras,
como una sombra sale de la iglesia;
un bulto entre sus manos hay.

Al acantilado se acerca presto,
a ratos con paso vacilante.
Un sueño todas las noches ha tenido
incluso antes de la desdicha:
se le aparecía mujer brillante
y suplicante, rogaba que la lanzara al mar.
Ella pertenecía al Acantilado Mayor,
devuelta debía ser.

El Padre no lo hizo, gran error cometió.
Sobre sus delgados hombros
ahora carga pesada de culpa arrea.

Y en un desesperado intento por exculparse
aún juega su última baza
cumpliendo el mandato tanto tiempo recibido.

Y la Vieja Reina Marina cae, cae, cae.
Al fondo del mar, entre cantos de mar.

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Porque lo que es de la tierra volverá a la tierra,
lo del mar al mar.

Porque cuando los dioses fallan, es hora de creer en otros nuevos.
Porque hoy estoy de lo más deprimente.

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